Apartamento 4-01 (Relato)

jueves, 17 de junio de 2010

El sabor del licor en la boca me da náuseas. Trato de botarlo en vómito, pero no se me quita la borrachera. Ya ha entrado en la sangre y fluye por mis venas envenenando todo el cuerpo. Todo gira, se tambalea. Me caigo. La habitación da vueltas, no se detiene. Si me acuesto es peor. Por lo menos ya se fue. Dijo lo que tenía que decir, me obligó a hacer lo que tenía que hacer y, en medio de humos rojizos y un retumbar de tambores que sólo mi oído percibía, se largó. Yo sabía que iba a aparecer, sin embargo no resistí la tentación de empinarme la tercera botella, bebérmela completa. Si intento sentarme sigue siendo peor.

El espejo me revela que tengo los ojos hinchados, la barba ensalivada, su sangre en mis manos. Si muevo la cabeza un poco hacia un lado puedo ver su figura reflejada – lo que queda de ella –, tirada en el piso, destrozada. A pesar de que el cuarto está en penumbras, sale un haz de luz del cuchillo, apuñaleándome con la imagen de lo que hice. ¿Por qué no se aparece de nuevo? Seguro ya está en su trono, satisfecho. Ahora tiene un alma más, la de una prostituta.

Su rostro no se parece en nada al que vi en la tasca. Apenas tenía unas cuantas cervezas encima. Le falta un ojo, me lo tragué. Todo mientras él mantenía una inquietante sonrisa de complacencia. Tenía un gusto amargo, también salado. Se confundía fácilmente con el licor. Desde aquí no puedo ver cuántos dedos le faltan. Creo que le arranqué tres, sin más ayuda que mis propias manos. No, fueron cuatro. El otro lo arrojé por el balcón por pura satisfacción, el del anillo de plástico, mientras bailaba una danza diabólica, con infantil desenfreno.

¿Qué voy a hacer ahora con todo este pegoste en el piso? Está más viscoso de lo normal. Supongo que ya han pasado varias horas. Esta borrachera no se me quita. Vomito otra vez. Se está divirtiendo el muy cabrón.

Tenía el cabello amarillo, ahora es todo rojo. Los labios pintados, los ojos claros. Ella fue la que me llamó. No iba a poder resistirme de todas formas.

En el equipo de sonido, entre el bullicio de la gente, Willie Colón le cantaba a gitana. Le cantaba a su pelo, le cantaba a su cara. Un vaho denso de cigarro se diseminaba por todo el bar, debajo de las mesas de billar, por encima de las cabezas despeinadas, entre las piernas de las alegres señoritas.

Nadie se va a percatar de que desapareció otra prostituta. Eso lo tengo bien claro desde el principio, desde que adquirí esta costumbre. Nadie oyó los gritos, nadie sintió los golpes. En este edificio viven puros adinerados y mantenidos. Un montón de opulentos sin oficio. Nunca están aquí, nunca saben nada. El que salía a pasear en bicicleta todas las mañanas se fue para Australia, con su esposa. Se casaron recientemente.

No tengo ánimos de mutilarla ahora. No tengo ni fuerzas para manejar el serrucho. Tarde o temprano las cervezas, el vino y el ron terminarán por derrumbarme al piso, como muchas otras veces. Él ya no va a dejarse ver por hoy, siempre es así, aprecia el acto, se entretiene y después me deja aquí con todo el desastre hecho. Mas tarde será otro amanecer entre vómitos y sangre. Después veré qué hago con el cuerpo.

*-*-*

En pleno centro de la ciudad me dispuse a esperar el autobús. Sentado en un banco. La señora que estaba a mi lado me miraba sin disimulo, se notaba que me iba a decir algo. Tenía una planilla en la mano a medio terminar. ¿Tienes un bolígrafo que me prestes? No – le contesté fingiendo pena –. La mujer puso ojos de arpía, indignada viendo el morral que tenía colgado en mi espalda, sujeto de los dos lados. Seguro pensó: “Este tiene que tener por lo menos un bolígrafo en ese bolso…” No tenía, ¿cómo iba a comprobárselo? ¿Cómo abro el bolso para que viera esa vieja fastidiosa? No podía arriesgarme a que notara el paquete cuidadosamente envuelto en papel aluminio, forrado con una bolsa plástica, húmeda, donde llevaba la cabeza congelada de la prostituta.


Jesús Torres

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