Pusieron a llorar a una niña en mi ventana. Fueron ellos, estoy seguro. Bien entrada la noche, todo estaba en paz, incluso mi mente. Reposaba con placidez, libre de pensamientos, hasta que el llanto desconsolado me alcanzó. Eran ellos, atormentándome de nuevo, sin tregua. ¿Acaso no era suficiente con que aparecieran por todos lados? Los gritos penetran a través del tragaluz, bajo un destello plateado que apenas ilumina la habitación. Quiebran la quietud de mi biblioteca, rasgan el silencio de la noche. Por momentos, el llanto pareciera estar más cerca, rondándome el oído. Creo que está justo detrás de la pared, flotando entre la niebla y el frío. Yo sé por qué llora. En parte es por mi culpa, o al menos es lo que ellos quisieran hacerme creer. Tanto me han hostigado que, poco a poco, comienzo a saborear la sal de sus lágrimas. Abro la boca y allí están, primero el lamento, luego la sangre. Fluye un leve fulgor a mi alrededor. Tendré que esperar a que el llanto cese, aunque su fuente nunca se agote.
No hice nada, absolutamente nada. Creo nunca haber estado allí. Me convenzo de que se trata de otra época, cuando yo no había nacido, muchos años atrás. Las cosas eran distintas, hasta la manera de hablar. La ropa era otra, incluso las costumbres.
Por eso la niña tiene un vestidito antiguo, por eso está peinada así, su llanto es tan extraño, tan espeluznante. Puedo verla ahora, nítidamente, del otro lado de la ventana.
Jesús Torres

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