Proyectil (Concurso de Microrrelatos)

domingo, 27 de junio de 2010


Proyectil perdido busca criatura humana para atravesar su carne, quebrar sus huesos, arrebatar su vida y conducir su alma al abismo vacío de la inexistencia.



Concurso de relatos sobre anuncios clasificados de tablondeanuncios.com

Jesús Torres

Apartamento 4-01 (Relato)

jueves, 17 de junio de 2010

El sabor del licor en la boca me da náuseas. Trato de botarlo en vómito, pero no se me quita la borrachera. Ya ha entrado en la sangre y fluye por mis venas envenenando todo el cuerpo. Todo gira, se tambalea. Me caigo. La habitación da vueltas, no se detiene. Si me acuesto es peor. Por lo menos ya se fue. Dijo lo que tenía que decir, me obligó a hacer lo que tenía que hacer y, en medio de humos rojizos y un retumbar de tambores que sólo mi oído percibía, se largó. Yo sabía que iba a aparecer, sin embargo no resistí la tentación de empinarme la tercera botella, bebérmela completa. Si intento sentarme sigue siendo peor.

El espejo me revela que tengo los ojos hinchados, la barba ensalivada, su sangre en mis manos. Si muevo la cabeza un poco hacia un lado puedo ver su figura reflejada – lo que queda de ella –, tirada en el piso, destrozada. A pesar de que el cuarto está en penumbras, sale un haz de luz del cuchillo, apuñaleándome con la imagen de lo que hice. ¿Por qué no se aparece de nuevo? Seguro ya está en su trono, satisfecho. Ahora tiene un alma más, la de una prostituta.

Su rostro no se parece en nada al que vi en la tasca. Apenas tenía unas cuantas cervezas encima. Le falta un ojo, me lo tragué. Todo mientras él mantenía una inquietante sonrisa de complacencia. Tenía un gusto amargo, también salado. Se confundía fácilmente con el licor. Desde aquí no puedo ver cuántos dedos le faltan. Creo que le arranqué tres, sin más ayuda que mis propias manos. No, fueron cuatro. El otro lo arrojé por el balcón por pura satisfacción, el del anillo de plástico, mientras bailaba una danza diabólica, con infantil desenfreno.

¿Qué voy a hacer ahora con todo este pegoste en el piso? Está más viscoso de lo normal. Supongo que ya han pasado varias horas. Esta borrachera no se me quita. Vomito otra vez. Se está divirtiendo el muy cabrón.

Tenía el cabello amarillo, ahora es todo rojo. Los labios pintados, los ojos claros. Ella fue la que me llamó. No iba a poder resistirme de todas formas.

En el equipo de sonido, entre el bullicio de la gente, Willie Colón le cantaba a gitana. Le cantaba a su pelo, le cantaba a su cara. Un vaho denso de cigarro se diseminaba por todo el bar, debajo de las mesas de billar, por encima de las cabezas despeinadas, entre las piernas de las alegres señoritas.

Nadie se va a percatar de que desapareció otra prostituta. Eso lo tengo bien claro desde el principio, desde que adquirí esta costumbre. Nadie oyó los gritos, nadie sintió los golpes. En este edificio viven puros adinerados y mantenidos. Un montón de opulentos sin oficio. Nunca están aquí, nunca saben nada. El que salía a pasear en bicicleta todas las mañanas se fue para Australia, con su esposa. Se casaron recientemente.

No tengo ánimos de mutilarla ahora. No tengo ni fuerzas para manejar el serrucho. Tarde o temprano las cervezas, el vino y el ron terminarán por derrumbarme al piso, como muchas otras veces. Él ya no va a dejarse ver por hoy, siempre es así, aprecia el acto, se entretiene y después me deja aquí con todo el desastre hecho. Mas tarde será otro amanecer entre vómitos y sangre. Después veré qué hago con el cuerpo.

*-*-*

En pleno centro de la ciudad me dispuse a esperar el autobús. Sentado en un banco. La señora que estaba a mi lado me miraba sin disimulo, se notaba que me iba a decir algo. Tenía una planilla en la mano a medio terminar. ¿Tienes un bolígrafo que me prestes? No – le contesté fingiendo pena –. La mujer puso ojos de arpía, indignada viendo el morral que tenía colgado en mi espalda, sujeto de los dos lados. Seguro pensó: “Este tiene que tener por lo menos un bolígrafo en ese bolso…” No tenía, ¿cómo iba a comprobárselo? ¿Cómo abro el bolso para que viera esa vieja fastidiosa? No podía arriesgarme a que notara el paquete cuidadosamente envuelto en papel aluminio, forrado con una bolsa plástica, húmeda, donde llevaba la cabeza congelada de la prostituta.


Jesús Torres

Selva Adentro (Relato)

jueves, 27 de mayo de 2010

La mujer golpea su rostro con las palmas abiertas para espantar a los mosquitos. Alborotados por la humedad, los despiadados bichos no la dejan en paz. Vuelan atontados, torpes por el peso de la sangre en sus diminutos cuerpos. Su piel es el terreno por donde fluyen arroyos de sudor. Se le empañan los ojos. El dolor en los huesos le impide moverse. Mientras tanto se ve allí, tirada en el barro, con el olor a monte penetrando profundo en sus fosas nasales, llenándola por dentro. Se lavan con agua limpia sus heridas internas.

No ha dejado de escuchar el caudal del río. Suena con el verde oscuro de las plantas, impregnadas del rocío nocturno.

Las agudas punzadas de los mosquitos la despiertan a veces de su sopor perenne. Con nublosa mirada contempla la penumbra del bosque, escucha el gemir de los animales de la noche. La voz. Antes no la dejaban dormir, ahora todo es parte de su propia música. En esos intervalos de ojos entreabiertos y consciencia a medias, mueve su mano débil para hacer sonar las escasas monedas en su recipiente de plástico.

Otra vez escucha entre los matorrales la voz de su hijo. Le dice que es todo oscuro donde él está, que todo duele, le lloran los ojos siempre. Ella no sabe si es verdad que su niño murió, o no lo recuerda, pero la voz infantil se lo dice.

Aquellos murmullos secretos se mezclan con el ruido de los carros, el estruendo de la ciudad que grita, que nunca se detiene. Vuelve gradualmente de su ensoñación. Se mira, tendida sobre los cartones manchados de orine y sudor, ajena al mundo que la rodea. Huele el asfalto caliente, el humo. Agita su recipiente plástico. Pide dinero frente a una parada de autobús. Suenan las cornetas, la gente pasa y sólo la miran, desde lejos, con indiferencia. Así regresa, aunque no quiera, al hondo delirio de una selva siempre negra.

Jesús Torres

Renacer (Relato)

sábado, 22 de mayo de 2010

Primero comencé con una incisión justo en el medio de la frente. Un pequeño corte hacia abajo y de regreso. Aplicando un poco más de presión fui delineando el rostro por el borde de mi cuero cabelludo en dirección contraria a las agujas del reloj. Al llegar a la mejilla izquierda pude hundir más el bisturí, no puedo excederme mucho, he empezado a sentir el dolor. Sigo bajando y el mentón me origina un problema, es necesario que siga una línea por toda la parte baja de la quijada, rozando el cuello. Al llegar al centro, en la garganta, saco el instrumento y apenas hago un corte superficial, como dibujando. Vuelvo arriba y hago lo mismo del otro lado, guiándome por el espejo, tratando de aplicar la misma fuerza. Una vez listo el trabajo, sólo queda usar los dedos para despegar poco a poco la piel desde la frente, con delicadeza.

Sabía que no iba a ser tan fácil, tengo que ayudarme un poco con el bisturí, tratando en lo posible de no dañar los músculos. Además tengo que inclinar la cabeza de vez en cuando en el lavamanos para dejar correr la sangre, que fluye a chorros.

Las manos me tiemblan y no me había dado cuenta, casi derramo el frasco con las píldoras de analgésicos, que he ido tomando sistemáticamente con licor. Creo que así se acelerará el efecto. El reloj de pulsera, que puse sobre el tanque del retrete, me indica que han pasado más de dos horas desde que comencé, pero ya puedo notar el avance.

Al fin pude sacar la pieza completa, la extiendo frente a mí y se ve casi perfecta. Tuve que arrancar algunos trozos de más pues se hizo necesario. Fue imposible evitar empapar todo el baño de sangre, los periódicos que puse no sirvieron de mucho. Un rato más con la cabeza hacia el lavamanos, hay mucha más sangre de lo que pensé, cada vez me siento más débil.

Falta poco. El resto exige ser más cuidadoso, si llego a perforar una vena todo estará perdido. Un trago más de licor, otro par de pastillas.

Jesús Torres

La Culpa (Relato)

martes, 18 de mayo de 2010

Pusieron a llorar a una niña en mi ventana. Fueron ellos, estoy seguro. Bien entrada la noche, todo estaba en paz, incluso mi mente. Reposaba con placidez, libre de pensamientos, hasta que el llanto desconsolado me alcanzó. Eran ellos, atormentándome de nuevo, sin tregua. ¿Acaso no era suficiente con que aparecieran por todos lados? Los gritos penetran a través del tragaluz, bajo un destello plateado que apenas ilumina la habitación. Quiebran la quietud de mi biblioteca, rasgan el silencio de la noche. Por momentos, el llanto pareciera estar más cerca, rondándome el oído. Creo que está justo detrás de la pared, flotando entre la niebla y el frío.

Yo sé por qué llora. En parte es por mi culpa, o al menos es lo que ellos quisieran hacerme creer. Tanto me han hostigado que, poco a poco, comienzo a saborear la sal de sus lágrimas. Abro la boca y allí están, primero el lamento, luego la sangre. Fluye un leve fulgor a mi alrededor. Tendré que esperar a que el llanto cese, aunque su fuente nunca se agote.

No hice nada, absolutamente nada. Creo nunca haber estado allí. Me convenzo de que se trata de otra época, cuando yo no había nacido, muchos años atrás. Las cosas eran distintas, hasta la manera de hablar. La ropa era otra, incluso las costumbres.

Por eso la niña tiene un vestidito antiguo, por eso está peinada así, su llanto es tan extraño, tan espeluznante. Puedo verla ahora, nítidamente, del otro lado de la ventana.

Jesús Torres

Ilusiones (Relato)

Ya he dejado de llorar, pero mi angustia no ha cesado. El suplicio es intenso, ahora sé que estará siempre en mí, presente como un rastro perenne que evocará el pasado. Ya no puedo retractarme, tengo la concepción de que lentamente encontraré el deleite, la satisfacción en esta tortura. Ellos fueron el fruto de mi carne, el fruto de mi alma, el fruto de mi vida. Pero los he sacrificado a todos. Sobrepasé el dolor, el obsceno deseo fue tan intenso que desplazó los instintos de mi propia naturaleza. ¿O es que muy dentro de nosotros habita aquel impulso malévolo como una porción ineludible de nuestro ser? Todo esto es tan inverosímil, nunca pensé que podía aflorar en mí el Demonio de la perversidad, el que Allan Poe comprendió tan perfectamente. La sacrifiqué también a ella, que representaba en sí misma todo lo hermoso que he anhelado siempre, durante tantos años, espléndidos y tormentosos, me amó de manera incondicional. ¿Será bueno seguir recordando? Todas mis obras, mis creaciones, mis trabajos, todo de lo que alguna vez estuve rodeado lo destruí sin contemplación, ebrio con el ardor desenfrenado del deseo. Supongo que con el tiempo olvidaré todos estos recuerdos. Mis más arraigadas creencias, mi fe, mi necesidad espiritual bondadosa. He acabado con todo, con absolutamente todo.

Y ahora me postro ante ti, que una vez me tentaste con aquellas encantadoras piezas. Me prometiste que serían mías si lograba superar mi voluntad, mis propensiones, mi naturaleza humana y conservadora. Lo logré, he alcanzado la meta que me asignaste. He descendido a tu infierno, aun en mi condición de humano. He atravesado estas tinieblas, pobladas de los espectros malditos que una vez fueron como yo, pero que ya jamás tendrán la oportunidad que me has dado tú. ¡Ahora dámelas! Entrégame mis alas, concédeme la posibilidad de volar, así como lo prometiste.

Jesús Torres