Proyectil perdido busca criatura humana para atravesar su carne, quebrar sus huesos, arrebatar su vida y conducir su alma al abismo vacío de la inexistencia.
Jesús Torres
por Jesús Torres
Proyectil perdido busca criatura humana para atravesar su carne, quebrar sus huesos, arrebatar su vida y conducir su alma al abismo vacío de la inexistencia.
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Jesús Torres
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20:46
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El sabor del licor en la boca me da náuseas. Trato de botarlo en vómito, pero no se me quita la borrachera. Ya ha entrado en la sangre y fluye por mis venas envenenando todo el cuerpo. Todo gira, se tambalea. Me caigo. La habitación da vueltas, no se detiene. Si me acuesto es peor. Por lo menos ya se fue. Dijo lo que tenía que decir, me obligó a hacer lo que tenía que hacer y, en medio de humos rojizos y un retumbar de tambores que sólo mi oído percibía, se largó. Yo sabía que iba a aparecer, sin embargo no resistí la tentación de empinarme la tercera botella, bebérmela completa. Si intento sentarme sigue siendo peor.
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La mujer golpea su rostro con las palmas abiertas para espantar a los mosquitos. Alborotados por la humedad, los despiadados bichos no la dejan en paz. Vuelan atontados, torpes por el peso de la sangre en sus diminutos cuerpos. Su piel es el terreno por donde fluyen arroyos de sudor. Se le empañan los ojos. El dolor en los huesos le impide moverse. Mientras tanto se ve allí, tirada en el barro, con el olor a monte penetrando profundo en sus fosas nasales, llenándola por dentro. Se lavan con agua limpia sus heridas internas.
Primero comencé con una incisión justo en el medio de la frente. Un pequeño corte hacia abajo y de regreso. Aplicando un poco más de presión fui delineando el rostro por el borde de mi cuero cabelludo en dirección contraria a las agujas del reloj. Al llegar a la mejilla izquierda pude hundir más el bisturí, no puedo excederme mucho, he empezado a sentir el dolor. Sigo bajando y el mentón me origina un problema, es necesario que siga una línea por toda la parte baja de la quijada, rozando el cuello. Al llegar al centro, en la garganta, saco el instrumento y apenas hago un corte superficial, como dibujando. Vuelvo arriba y hago lo mismo del otro lado, guiándome por el espejo, tratando de aplicar la misma fuerza. Una vez listo el trabajo, sólo queda usar los dedos para despegar poco a poco la piel desde la frente, con delicadeza.
Pusieron a llorar a una niña en mi ventana. Fueron ellos, estoy seguro. Bien entrada la noche, todo estaba en paz, incluso mi mente. Reposaba con placidez, libre de pensamientos, hasta que el llanto desconsolado me alcanzó. Eran ellos, atormentándome de nuevo, sin tregua. ¿Acaso no era suficiente con que aparecieran por todos lados? Los gritos penetran a través del tragaluz, bajo un destello plateado que apenas ilumina la habitación. Quiebran la quietud de mi biblioteca, rasgan el silencio de la noche. Por momentos, el llanto pareciera estar más cerca, rondándome el oído. Creo que está justo detrás de la pared, flotando entre la niebla y el frío.
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Ya he dejado de llorar, pero mi angustia no ha cesado. El suplicio es intenso, ahora sé que estará siempre en mí, presente como un rastro perenne que evocará el pasado. Ya no puedo retractarme, tengo la concepción de que lentamente encontraré el deleite, la satisfacción en esta tortura. Ellos fueron el fruto de mi carne, el fruto de mi alma, el fruto de mi vida. Pero los he sacrificado a todos. Sobrepasé el dolor, el obsceno deseo fue tan intenso que desplazó los instintos de mi propia naturaleza. ¿O es que muy dentro de nosotros habita aquel impulso malévolo como una porción ineludible de nuestro ser? Todo esto es tan inverosímil, nunca pensé que podía aflorar en mí el Demonio de la perversidad, el que Allan Poe comprendió tan perfectamente. La sacrifiqué también a ella, que representaba en sí misma todo lo hermoso que he anhelado siempre, durante tantos años, espléndidos y tormentosos, me amó de manera incondicional. ¿Será bueno seguir recordando? Todas mis obras, mis creaciones, mis trabajos, todo de lo que alguna vez estuve rodeado lo destruí sin contemplación, ebrio con el ardor desenfrenado del deseo. Supongo que con el tiempo olvidaré todos estos recuerdos. Mis más arraigadas creencias, mi fe, mi necesidad espiritual bondadosa. He acabado con todo, con absolutamente todo.